domingo, 28 de enero de 2018

La puerta de la carne (1964) Nikutai no mon

Director: Seijun Suzuki

Guion: Goro Tanada

Sinopsis:  Tokio tras la IIGM. Las fuerzas estadounidenses toman la ciudad. En este contexto, unas prostitutas acojen en su casa a un joven delincuente con problemas con la justicia. Su llegada les hará dudar sobre entregar su cuerpo al dinero o al placer.

Los primeros compases de La puerta de la carne de Seijun Suzuki, nos acerca más al prólogo de una película actual que a una de 1964. Y es que la apertura de este filme irradia pura modernidad. Ralentíes, música pop extradiegética, masas luchando por sobrevivir ¿o por hacerse ver? en un mundo caótico y desmoralizado. El director nipón nos sitúa en un Tokio recién salido de una IIGM con el ejército estadounidense tomando el control. En este contexto, laberíntico y sin piedad, se mueven con soltura un seguido de prostitutas que buscan aprovecharse de la situación para saldar su particular venganza contra la sociedad. Conscientes de su clase, de su rol y de su sexo, juntas rinden culto al negocio de vender su cuerpo al dinero. Enrabietadas contra la sociedad, se elevan sobre ella tomando aquello que necesiten con tal de lograr su objetivo. 

Resulta acertado por parte del realizador el proponernos una presentación de personajes que se extenúa hasta un tercio del filme. La violencia y la venganza cobran un papel primordial dentro de este pequeño microclima creado por las prostitutas, quienes desarrollan su personalidad siendo conscientes del mundo que les rodea. Se vive además un desprecio continuo en la sociedad, donde la falta de empatía lleva a culpabilizar al prójimo de la situación actual. Cayendo los propios protagonistas en generalizaciones, señalando a compañeras, hombres o mujeres.



Sucedidos unos treinta minutos del filme, se abre la temática general sobre la que girará. Un hombre rudo, fuerte y despreciativo, quien además se encuentra lesionado, se refugiará en la casa de estas mujeres perseguido por la policía tras una violenta reyerta con otro criminal. Con un planteamiento muy similar al de El seductor (Don Siegel, 1971), pero mucho más visceral y lascivo, la sexualidad se disparará en pos del deseo. La inquebrantable idea del sexo como herramienta monetaria empezará a tambalear en el juicio de algunas de estas chicas. Una de ellas incluso mostrará un deseo perverso al reconocer a este joven como un sustituto de su hermano  (una filia sexual que veríamos en más profundidad 1972 en Música de Yasuzo Masumura). La cinta derrochará erotismo propio de las producciones de la Nikkatsu, mostrando desnudos traseros, tanto masculinos como femeninos, retozados en sudor. También dosis de sadomasoquismo, con una fuerza mucho más violenta que sexual.




La película destaca visualmente en última instancia por la superposición de las imágenes. Incluyendo rostros y figuras humanas en pantalla separadas en el espacio. Utiliza esta técnica con tal de concentrar en un solo plano la tensión psicológica de sus personajes. Pero el filme no solo derrocha modernidad por este recurso, sino por el colorido pop que ofrece desde su inicio. Sobre todo en los vestidos de las prostitutas, cada uno más llamativo que el anterior, metaforizando su propio carácter. El color cobra fuerza por si solo para fusionarse con su personalidad, dotando de más presencia a la puesta en escena tanto de cara al espectador como en la relación que guardan con la sociedad que les rodea. Así pues, estas decisiones formales que contrastan con el contenido de una obra que, en su tiempo, se esperaría clásica y gris, sirven como motor que impregna el relato de la irrupción norteamericana, de la pérdida de valores tradiciones y del caos tanto subjetivo como social que reinó en el Japón del momento.






Luis Suñer

sábado, 18 de noviembre de 2017

Hacia la luz (2017) Hikari

Directora: Naomi Kawase

Guion: Naomi Kawase

Sinopsis: Misako es una apasionada guionista de películas para invidentes. En una proyección cinematográfica conoce a Masaya, un fotógrafo mayor que ella que está perdiendo su vista lentamente. Misako pronto descubrirá las fotografías de Masaya, que la transportarán a algunos recuerdos de su pasado. Juntos aprenderán a ver de manera resplandeciente el mundo que antes era invisible a sus ojos.


Pocas filmografías han presentado un viraje inesperado tan abrupto como la de la cineasta nipona Naomi Kawase. Procedente de un documentalismo directo, crudo y veraz como el que demostró en sus primeras películas, donde sobre todo apreciamos la compleja relación personal que experimentaba con su tía abuela y el dolor por la ausencia de la figura paterna, llegó al cénit de su estilo con Nacimiento y maternidad (2006). Un documento gráfico de un subjetivismo y realidad extremo, donde arranca de las manos la cámara que filma el nacimiento de su hijo para filmarlo ella misma. No obstante, su apuesta por la ficción siempre se mantuvo en esa línea, explorando las mismas preocupaciones y temas recurrentes. Hablamos sobre todo del luto emocional que representa para los vivos la pérdida de un ser querido. Un estado embotamiento, vacío, complejidad para interactuar con el mundo real. También una fusión interior con el entorno natural, sin dejar de lado la autenticidad del urbano.





Cintas como Shara (2003), Moe no Suzaku (1997) o Aguas tranquilas (2014), serían un claro exponente de esta personalidad de la autora. No obstante, resulta  chocante encontrar que tan solo un año después, Kawase decida dejar de lado la esencia de su obra anterior para abarcar con su película un público más amplio. Una pastelería de Tokio (2015) sigue con las mismas constantes argumentales que sus largometrajes anteriores, salvo que desde una perspectiva más simplista y obvia, queriendo conmover al público, irradiar de cierta estética kawaii a lo mostrado en las imágenes. Y el hecho de que su estreno en España en 2015, consiguiera cuadriplicar los ingresos en taquilla de Aguas tranquilas, que también llegó a salas en el mismo año, parece darle la razón a la directora. Y es que ella misma reconoció en SEMINCI de aquel año su objetivo a partir de ahora iba a ser concretamente ese, renunciar a la aparente complejidad de su obra para hablar de lo mismo desde un punto de vista más seductor para el gran público.


Con Hacia la luz por su parte, encontramos que ya no simplemente rechaza de temáticas que han acompañado su carrera, sino que su dirección también toma un derrotero distinto. Y es que ya no observaremos planos casi subjetivos que se detengan en la cotidianidad de la existencia, en la maravilla que reside en la belleza de la naturaleza. Los planos son directos, sin ambigüedades, enfocando directamente los ojos de los protagonistas, dejando únicamente su punto de vista como motor que mueve el filme. Este nuevo trabajo de la realizadora, pese al potencial del que parte, se disipa en el vacío sin preocuparse en dejar tomar una opinión propia al espectador, traicionándose con la esencia de la película. Y es que este relato cuenta con una reflexión interesante que lamentablemente acaba muy mal desarrollada. La protagonista trabaja en la  elaboración de una narración audiodescriptiva de una película existente. Un empleo complicado que es testado anteriormente ante una selección de ciegos que vuelcan su opinión sobre el trabajo de la muchacha. A su vez, tenemos a un personaje que sobresale ante estos invidentes, un antiguo fotógrafo cuya visión aún no ha cesado de manera definitiva. Kawase busca construir diálogo entre imagen y palabra, entre la objetividad de la realidad captada y la distorsión subjetiva del que la narra. También una reflexión metacinematográfico que acaba jugando en su contra. Y es que hacia el final, sobre todo en su desafortunada escena poscréditos, el comentario que da la cineasta sobre su nuevo rumbo cinematográfico es condescendiente. Si bien es verdad que trata acerca ello de manera directa, rotunda y honesta, sin disimulo alguno, el mensaje final obtenido es el de que ese patio de butacas repleto de ciegos, representa a una masa de espectadores que necesitan de una narración, la de la propia Kawase, que haga más comprensible  el cine para aquellos que no tienen los medios para alcanzar su esencia en todo su esplendor. Una mirada paternalista por encima del hombro del respetable. Algo incomprensible sobre todo cuando en una secuencia anterior, una de las ciegas de las pruebas acusa a la narradora de destrozar el final, ya que su visión subjetiva de los acontecimientos no deja espacio al espectador de una reflexión propia.


Hacia la luz padece además de poca coherencia dentro del relato interno. Secuencias como la desaparición de la madre, con la tosca metáfora de la joven enfangada sin poder avanzar, se antoja como un acercamiento vacío a su película El bosque de luto (2007).  La construcción del personaje del fotógrafo frustrado, contiene algo más de fuerza y empaque, pero el de la joven Misako se vive de manera totalmente inexpresiva. Un personaje vaciado de verosimilitud, sin atisbo alguno de calidez humana. Es por ello que se respira de manera totalmente falsaria cualquier intento de por dotarle de sentimientos, sobre todo en las recurrentes lágrimas ausentes de cualquier retazo de veracidad.


Estamos en definitiva ante la película peor planteada por una cineasta genial que hasta 2014 demostró ser una de las voces a tener en cuenta dentro de la originalidad cinematográfica mundial. Y es que pese a su desviación hacia la comercialidad en 2015 y a la legitimidad que tiene para ello, su última obra demuestra que querer acercar su mundo a cuantas más personas mejor, es una postura que no se puede desarrollar menospreciando al público, señalando qué tienen que pensar o cuando tienen que emocionarse, porque el cine se resiente  de ello. Cuando no habla de lo que ella siente con el corazón en la mano y disipa su intensidad para hacerlo entendible, finalmente acaba mostrando un producto manufacturado, pasado por un filtro que acaba por arrebatarle su propia alma. En su búsqueda de la luz ha acabado por hundirse en la oscuridad.


Luis Suñer